El pasado 24 de febrero de 2022, el presidente Vladimir Putin ordenó el despliegue masivo de tropas rusas y lanzó la invasión a Ucrania, dando inicio a una de las guerras más sangrientas en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Desde el siglo XVII, amplias regiones del territorio ucraniano fueron incorporadas al creciente Imperio ruso, consolidando vínculos que se profundizaron durante el siglo XX, cuando Rusia se estructuró como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Con la disolución de la URSS en 1991, Ucrania logró su independencia y, en busca de seguridad y un futuro soberano, aspiró a integrarse en bloques occidentales como la OTAN. Este anhelo, sin embargo, encendió recelos en Rusia, que veía en la expansión de la influencia occidental una amenaza directa a su esfera de influencia histórica.
El 24 de febrero de 2022 marcó un punto de inflexión. La invasión rusa se desencadenó en un contexto de tensiones acumuladas y divergencias geopolíticas, provocando una respuesta internacional sin precedentes. La agresión no solo ha generado un devastador coste humano y material, sino que también ha puesto en jaque el orden de seguridad en Europa. Las sanciones económicas impuestas a Rusia y el apoyo militar y humanitario a Ucrania evidencian la gravedad y el alcance de este conflicto, que trasciende las fronteras de ambos países.
El pasado 18 de febrero se han sostenido conversaciones en Riad entre funcionarios estadounidenses y rusos en espera de poder alcanzar un acuerdo de paz “duradero, sostenible y aceptable” para ambas partes. El problema con esto es que Donald Trump y Putin planean cerrar este armisticio sin Ucrania o Europa. Ante esta situación Emmanuel Macron, presidente de Francia, tomó la iniciativa de reunirse con Trump para discutir un posible acuerdo donde sean partícipes tanto Zelensky como el resto de los países europeos.
La compleja herencia histórica, que une y separa a Rusia y Ucrania, exige un compromiso renovado con el diálogo y la diplomacia. Solo mediante un esfuerzo conjunto y la voluntad política de superar viejas disputas se podrá construir una paz duradera que honre la memoria de las víctimas y ofrezca un futuro de estabilidad y prosperidad para toda la región.








