El régimen iraní confirmó la muerte del ayatolá tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel en Teherán. Su figura marcó la política interna y la estrategia regional de la República Islámica desde 1989.

El régimen iraní confirmó este sábado la muerte de Ali Khamenei, líder supremo desde 1989 y máxima autoridad política y religiosa del país. El fallecimiento se produjo tras los ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Teherán, que impactaron en el complejo donde se encontraba.

Khamenei no era un jefe de Estado convencional: bajo la Constitución iraní, el líder supremo concentra el control de las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, los servicios de inteligencia y los principales resortes estratégicos. Durante 36 años moldeó la estructura del régimen, apoyándose especialmente en la Guardia Revolucionaria para consolidar su autoridad.

Su trayectoria comenzó en el clero chiita y se forjó en la oposición al sha antes de la Revolución de 1979. Tras ocupar la presidencia en los años 80, fue designado sucesor de Ruhollah Khomeini. Desde entonces, impulsó una línea islamista, antioccidental y antisionista que definió la política exterior iraní y su red de alianzas en Medio Oriente.

Bajo su liderazgo, Irán respaldó a organizaciones como Hezbollah y Hamas, y fue señalado en investigaciones internacionales por atentados y operaciones en el exterior, entre ellas el ataque contra la AMIA en Buenos Aires en 1994. Estos episodios marcaron la relación del régimen con Occidente y derivaron en sanciones y aislamiento diplomático.

En los últimos años, el esquema de poder construido por Khamenei enfrentaba tensiones externas e internas: debilitamiento de aliados regionales, presión militar y una profunda crisis económica que desató protestas masivas dentro del país. Su muerte abre ahora un escenario incierto sobre la sucesión y el futuro equilibrio de poder en la República Islámica.

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