En una pequeña cafetería dentro de una galería del microcentro de Mendoza, la cajera se convirtió en una figura que va mucho más allá de cobrar: escucha, aconseja y contiene a los clientes que llegan con el corazón partido o la cabeza a mil.
El café funciona en una galería del microcentro mendocino y tiene fama de ser un punto de encuentro para todo tipo de charlas: desde rosca política hasta reuniones de laburo, pasando por esas conversaciones largas donde dos personas intentan resolver el mundo en un par de cortados. Pero hay algo que lo hace distinto al resto, y tiene nombre y cara: la cajera del lugar, que con el tiempo se ganó un rol que no figura en ningún contrato.
Los clientes que van seguido dicen que ella tiene una capacidad especial para escuchar. No interrumpe, no juzga, y cuando da una opinión, suena más a consejo de amiga que a frase hecha. Temas de pareja, dudas existenciales, crisis de los treinta: nada parece quedar fuera de lo que se puede hablar mientras se espera el café.
Este tipo de vínculos que se generan en los bares y cafés de barrio son parte de una tradición bien porteña y también mendocina, donde el mostrador funciona muchas veces como un espacio de contención informal. La información fue publicada por Diario El Sol Mendoza.







